¿Quién iba a decirme que acabaría sentada en esta silla de trapo velando tu rostro?. Tan calladita, sombría y fresca como una libélula, con el pelo recogido, a disgusto como siempre pero esta vez sin decir ni una sola palabra.
Siento que no hayas podido ver el mar, no haber podido mecerte en el vaivén de la transparencia como te prometí, ni haber visto a lo lejos las barcas de pescadores mecerse en el reflejo de la luna.
Lo siento, porque hubiese querido ver tu cara esponjosa hecha risa y tu pelo de jirones compitiendo con las algas. Fíjate en tus manos nacaradas, dedos cortos y sinuosas curvas, emblemática piel tersa y cálida, enrojecida por esa lava que ya no desprende olor a carbón encendido.
Mírame ahora aquí hablando a solas, en la más absoluta oscuridad, con la mirada perdida recordando el poema de Neruda que te escuchaba recitar a lo lejos en tu dormitorio. Qué fácil me es situarte en la neblina, dejando escapar ese aroma tan tuyo que aún está bostezando entre las sábanas.
Sé lo que estás pensando en este instante, que hablo demasiado mientras duermo y los cuentos empobrecidos que escribo carecen de sentimiento, pero me da igual No me importan tus regaños y críticas porque me encanta escuchar las grietas de tu voz y verte bailar a solas mientras lees esas historias mías tan insignificantes.
Prométeme que seguirás leyendo por encima de mi hombro, que seguirá oliendo a comida casera cuando entre por la puerta de casa y que te sentarás a mi lado cuando tenga los ojos humedecidos y me leerás hasta que no pueda mantenerlos abiertos. En el silencio donde nadie nos escucha, solas tú y yo, será cuando podamos cogernos de la mano y echarnos de menos en la ausencia, yo siempre más que tú.
Me pregunto q pensarás cuando me veas fracasar y llorar a escondidas en el armario, cuando sepas de mis debilidades absurdas de las cuales supongo tendrás un leve idea y me veas a ciegas arrastrarme creyéndome enamorada; te acercarás a mí bruscamente y gritarás lo tonta que soy por no saber apreciarme, me dirás que debo empezar a crecer.
Cuando acudas a mis torpes tropiezos avísame, me miraré al espejo, donde tú me esperas. Ahora veo en la mesita de noche la foto de aquel cristo al que rezabas por las noches, el vaso de agua medio lleno y los jazmines secándose sobre el mármol y sólo deseo abrazarte fuerte, dejándome caer sobre tu espalda.
Voy a vivir sin ti, no mentías cuando decías que nadie muere por nadie aunque lo cierto es que la canción que cantábamos se apaga dentro de mí sin yo quererlo.
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