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Número 23 | Agosto de 2008
Puerto Santa María
 
Hogar de marineros en tierra
Paloma Gálvez
 
Cuando recuerdo el Puerto de Santa María siempre pienso en esa canción de Ismael Serrano que dice “la esencia más pura va en frasco pequeño”. Esta localidad de la provincia de Cádiz es como una “pequeña criatura”, que cantaba Serrano, plena de encantos evidentes y alguno que otro oculto que hay que esforzarse en encontrar, como todo que suele merecer la pena. Con tan sólo 90.000 habitantes, El Puerto no es simplemente una ciudad más de playa y sombrilla. Sus calles empedradas, las plazas abiertas a la noche y los bares esquinados la convierten en algo más.

Así lo supo ver Rafael Alberti. El poeta nacido en la ciudad gaditana recordaba en sus primeros versos el paisaje marítimo portuense con una añoranza que permanecería en él durante muchos años de exilio. En el año 1999, el Ayuntamiento de El Puerto, consciente de su importancia, comenzó a impulsar el desarrollo de la Fundación Rafael Alberti, con la realización de exposiciones y seminarios anuales en los que poetas de todo el mundo recordarían al maestro, al ‘marinero en tierra’, y a su extensa obra poética.




La fachada de la Iglesia Mayor Prioral.

El buen clima es sin duda otro de los protagonistas de El Puerto de Santa María durante casi los 365 días del año. Las playas encaladas, el sol y los vientos de levante definen las vacaciones de miles de turistas que se acercan a la costa andaluza para disfrutar de extensas playas de fina arena y orillas cristalinas. Es el caso de La Puntilla, La Calita o la playa de Valdelagrana, algunas de las más visitadas. Quizás haya quién piense que veranear o viajar a una ciudad de playa está reñido con conocer su cultura y aprender de ella. Al observar las bóvedas que embellecen el interior de la Iglesia Mayor Prioral comprendes que, en el caso de El Puerto, ambas cosas están ligadas. Ejemplo de ello es el Castillo de San Marcos y también la Plaza de toros, cuya construcción finalizó en el año 1880 y es una de las más grandes de España, tras la de Madrid y Valencia.

El olor a marisma, la sensación de inmensidad y libertad que crea el mar es una de las cosas inexplicables que se producen cuando navegas sus aguas. No lo vives como lo haría un pescador o el capitán de un crucero, lo vives de un modo íntimo, como si cada trocito de agua que atraviesas te perteneciese de alguna manera. La Bahía de Cádiz encierra esa emoción en cada uno de los viajes que realiza El Vaporcito. Se trata de una embarcación motonave que cruza la costa llevando a los pasajeros desde la ciudad portuense hasta Cádiz, la conocida tacita de plata. Una travesía cuya tradición se remonta al siglo XIX y que, en la actualidad, es efectuada por la embarcación Adriano III.




Vista general de la Bahía de Cádiz.






El Vapocito cruza la bahía gaditana hasta Cádiz.

Tierra de poesía, de arte y cultura pero ante todo del buen comer. Cualquier ciudad andaluza que se precie es reconocida por su gastronomía y su saber hacer entre fogones y sartenes. Las cigalas, las gambas o las patas de cangrejo son importantes reclamos para los visitantes y sobre todo para sus estómagos. Los mariscadores teclean la arena hasta encontrar coquinas, almejas de cáscara fina y otros manjares que algunos privilegiados disfrutarán a la mesa con un poco de limón y una copita de fino. Las tortillitas de camarones, el ajo caliente y las “poleás”, como postre, son lo platos más afamados.

El Puerto de Santa María despierta los cinco sentidos (o seis) dejando un nudo de pérdida en la boca del estómago cuando la dejas, mientras que de fondo, escuchas la melodía de esa canción de Ismael Serrano que siempre me recuerda a esta pequeña tierra de marineros y poetas.



 
Publicado el 1 de julio de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir
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