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| El último robo de Babá y Pilloi |
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| Carlos Almira Picazo | |   | "Pero el gigante abrió los brazos y lo aferró firmemente por las patas traseras. Ambos rodaron hasta una cuneta vecina. Allí se les unió Pilloi. El animal, aterrado, formidable, se retorcía desbaratando una y otra vez sus esfuerzos por inmovilizarlo. Al cabo, lograron atarle las patas y arrastrarlo hasta un claro del bosque, lejos del camino, donde Pilloi comenzó a preparar una hoguera".
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Carborian
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I
La oreja le ardía aún del manotazo. Dos lagrimones se arrastraban por las sucias mejillas de Pilloi.
-¡Repítemelo!
-¡Ya te lo he dicho, sólo hay un monje!
Esta vez el golpe de Babá lo arrojó de bruces al suelo. Dos gallinas se acercaron a él.
-¿Por quién me tomas?
-¡Es la verdad!
El pie de Babá avivó el polvo del patio. ¿Y si fuera cierto? Un monje tan viejo que la corriente de una puerta lo derribaría como una pluma. ¿Pero y si era cierto?
-Iremos esta noche.
Babá giró, y su corpachón asomó fuera del patio. Pilloi aprovechó para huir. Babá seguía absorto tras la valla. Su mente estaba ocupada en una sola cosa: la valiosa estatua de Buda, de oro macizo, encerrada en aquel santuario. Desde hacía siglos se la creía perdida, pero he aquí que él, Babá, la había encontrado repintada de negro. ¡Un golpe de suerte!
Lanzó una carcajada. Las gallinas se espantaron.
II
Pilloi pasó el resto del día buscando comida y algún sitio donde dormir. Robó unos huevos y una calabaza y se refugió en las ruinas del antiguo templo.
Allí tuvo un sueño:
Babá y él robaban la estatua de Buda. Pero entonces ocurría algo: el cielo empezaba a temblar. De súbito todo empezaba a tambalearse. El anciano monje del santuario le mostraba la herida que le acababan de hacer en la cabeza aquella noche. “Ya no puedo rezar”, se excusaba, y dándose media vuelta con su esterilla (tan gastada por décadas que parecía el ala de una mariposa), se alejaba tranquilamente y desaparecía en la noche.
Pilloi se despertó sobresaltado. El vientre le ardía, tal vez por los huevos o la calabaza descompuestos. Aquel sueño le aconsejaba no ayudar esta vez a Babá. Esto era más fácil de decir que de hacer. Pilloi contempló desesperanzado sus brazos escuálidos, sus piernas, su rostro fugitivo en una lámina resquebrajada de bronce de la antigua puerta. El viento aullaba entre las paredes arrastrando sobre los agujeros del tejado una lluvia oblicua, que cubría el incipiente firmamento.
III
Se habían conocido hacía casi un año, como tantos vagabundos que recorrían el país a la aventura. El gigante Babá lo tomó bajo su protección, y lo introdujo en su banda de ladrones que constaba de un solo miembro: él mismo.
Atravesaron bosques infestados de lobos; se refugiaron en cimas nevadas, en grietas y cubiles de fieras, de los soldados que mataban y robaban a todo el que se encontraban. Babá lo trataba bien al principio. Una vez que se torció un tobillo al saltar un muro cargado de una enorme cesta de ropa, lo llevó a cucurumbillo hasta la ciudad y le pagó el médico. Pero en general evitaban las ciudades.
Babá vivía obsesionado con una sola cosa: una antigua estatua de Buda de oro macizo. Quizá porque su padre, ladrón también, le había hablado durante años de ella, cada noche ante el fuego, imprimiéndola indeleble en su fantasía infantil, antes de perecer aplastado por un carro de bueyes. Babá nunca había visto la estatua, ni siquiera sabía cómo era, pero estaba decidido a conseguirla como fuera, y para ello sonsacaba o amenazaba a todo el que se encontraban. Por esto había recorrido el país de sur a norte, abandonando el verdor de los valles y las ciudades ricas y bulliciosas, repletas de caravanas de comerciantes, por las montañas desiertas donde no había mercaderes ni apenas bandidos, sino sólo fugitivos, hielo y pobreza. Pero en las montañas estaban los monasterios y los santuarios más antiguos del país, y uno de ellos albergaba la famosa estatua.
Pilloi sabía que no podía contradecirlo en esto sobre todo. Un pescozón de Babá lo descoyuntaría como a un muñeco mal ensamblado. Tampoco podía huir.
¿Adónde iba a ir? Aun suponiendo que lograra burlar su vigilancia, aprovechando su sueño pesado, ¿adónde iría? Babá sabría seguirle el rastro. Aterrado y furioso de que pudiese contar a alguien el secreto de su búsqueda, de su tesoro, no cejaría hasta encontrarlo y matarlo, si es que no se le adelantaban los lobos, el frío y el hambre. No en vano Babá se había pasado la vida en los caminos y conocía el país mejor que sus propios habitantes.
No quedaba pues más remedio que seguirle adonde quisiera ir, por aquellos páramos helados, sin rechistar; resbalando en las cortaduras y congelándose en las grutas; y perdiéndose en los bosques que escalaban las laderas heladas. Conforme ascendían se volvían más raras, distantes y pobres las aldeas, y más recelosos y violentos sus moradores. Los corrales más escuetos, defendidos por perros enormes y salvajes, que eran peores que los lobos; los huertos más escuálidos, cubiertos de escarcha y cizaña, que apenas ofrecían calabazas y nabos esqueléticos y duros como piedras.
En todo esto pensaba Pilloi aún espantado por el sueño, entre retortijones.
IV
Haría un mes, en una de estas expediciones, de pronto se les cruzó en la orilla de un bosque un cerdo gigantesco. Babá contuvo la respiración, pero el animal los había olido ya y había emprendido la huida. Daba la casualidad de que llevaban varios días sin comer. Los habitantes de aquellas aldeas habían formado patrullas contra los lobos y recorrían las casas y los alrededores día y noche con palos, antorchas y cacerolas.
Al ver el cerdo, el gigante y el niño se lanzaron en su persecución. Babá se deslizó por una pendiente próxima para cortarle la salida mientras Pilloi, más ligero, se precipitaba tras él. El cerdo al verse acorralado, gruñía, casi aullaba, dándose golpes contra los matorrales y los troncos atravesados en aquel camino borroso. Trató de embestir a Babá y al no poder retroceder, se arrojó contra él cuesta abajo, enseñando los colmillos. Pero el gigante abrió los brazos y lo aferró firmemente por las patas traseras. Ambos rodaron hasta una cuneta vecina. Allí se les unió Pilloi. El animal, aterrado, formidable, se retorcía desbaratando una y otra vez sus esfuerzos por inmovilizarlo. Al cabo, lograron atarle las patas y arrastrarlo hasta un claro del bosque, lejos del camino, donde Pilloi comenzó a preparar una hoguera.
Ya iban a descuartizarlo, tan hambrientos y excitados que ni siquiera habían cruzado una palabra, cuando una voz humana brotó del animal:
-¡Ehgrr, grrrnm, ehgrr, vosotros!
Babá y Pilloi se quedaron helados:
-¿Qué hacéis, ehgrrhrr?
-¡Habla!, gritó Pilloi.
-No podéis matarme, ahgrrr.
-¡Ah, no?, dijo Babá.
-¡No, soy un monje, ehgrr!
Babá lo arrastró entonces hasta una piedra plana, casi horizontal. Monje, cerdo, o demonio, iba a comérselo allí mismo. Al ver que Pilloi había abandonado el fuego donde ya se retorcía un fleco de humo moribundo, lo empujó sin contemplaciones:
-¡Babá!
-¡Al fuego, rápido!
Aunque no creyera en hechizos ni supersticiones, deseaba acabar cuanto antes. La voz del cerdo, sin duda poseído por un demonio empeñado en matarlos de hambre, lo exasperaba.
Levantó el puño formidable sobre su cara, y Pilloi se arrastró, sollozando, hasta la hoguera.
Entretanto, el cerdo se había tranquilizado. Lentamente, con aplomo:
-Yo tampoco escuché, dijo.
Babá ya había sacado el cuchillo. ¿Qué había querido decir? Bromeó:
-Por eso te convertiste en cerdo.
-Exacto.
-Dime una cosa, ¿dónde está tu monasterio?
-¡Está cerca!
Babá bajó el cuchillo.
-Estamos buscando una estatua.
-¡El Buda de oro!
Babá le rodeó el cuello y el torso con una soga doble, la apretó y dijo:
-¡Vamos!, y volviéndose a Pilloi: ¡apaga eso, entiérralo! Los aldeanos podían ver el humo. Sobre ellos, entre los árboles, el cielo limpio anunciaba el invierno. Descendieron hasta un arroyo, bebieron, llenaron sus calabazas de agua dulce, y se internaron en el bosque.
El cerdo trotaba ante ellos arrastrándolos. Empezaba a anochecer. Una lengua de niebla procedente de la montaña los volvió invisibles.
El hambre y el frío eran tan intensos que ya apenas sentían sus cuerpos. Al caer la noche, para colmo, empezó a nevar. Por suerte encontraron una cortada, un abrigo donde encender una hoguera. El viento descubría poco a poco el firmamento estrellado. Un sinfín de ruidos, de murmullos, los rodeaba como una presencia maléfica.
Tras mordisquear el último pedazo de pan, Babá ató las patas del animal y se tumbó ante el fuego. Pilloi se acurrucó contra el cerdo y muy pronto los tres se quedaron dormidos.
De cuando en cuando el viento, cansado de acarrear los ruidos de la noche, reposaba un momento, dejando caer entre las llamas algunos copos de nieve.
Desenlace en los cápitulos del V al VIII en el próximo número de junio...
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| Publicado el 30 de abril de 2008 a las 00:00 horas. | Imprimir |
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